Menstruar en Paz

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Después de varios meses de tratamientos para el colon irritable que no aliviaban el dolor, me diagnosticaron endometriosis. El diagnóstico no fue ningún alivio, fue la confirmación de lo que más me temía.

Hasta ese entonces había odiado mi menstruación. Interrumpía mis planes y el dolor me obligaba a tumbarme. Cuando supe lo que tenía empecé a leer del tema, quería informarme para decidir lo que iba a hacer. Fui a un montón de doctores que aseguraban que podían operarme y cuando les preguntaba cosas sobre la operación que había aprendido en mis lecturas, no me sabían responder. Finalmente encontré a un doctor que sí me dio confianza por su conocimiento y por su calidad humana. Le hice un montón de preguntas y evidentemente sabía mucho más que yo. Me operé y me recuperé con el apoyo de mi familia.

Se supone que la endometriosis no tiene cura y lo que sugieren los doctores, si no tienes planes de embarazarte pronto, es tomar anticonceptivos para suprimir la menstruación y así, supuestamente, detener la endometriosis. Pregunté si había otra opción, pues aunque no me gustaba tener la regla, la idea de tomar una pastilla diaria que podía ocasionarme un montón de efectos secundarios e interrumpir mi ciclo natural, me gustaba todavía menos.

Tras consultar con un par de médicos, entendí que no había otra opción. Los médicos no tenían otra opción. Accedí, sin más remedio a tomarme las pastillas. En el primer mes, sangré menos días de los que normalmente menstruaba y no me dolió nada. El segundo mes tuve dolores de cabeza y náuseas que ignoré. El tercer mes tuve dolores intensos en las piernas y en la espalda. Me dije a mí misma: «ni aguantas nada». En el cuarto mes, además de los dolores, tuve sangrado fuera de los días que correspondían a mi menstruación y sentí la mente nublada. Trataba de pensar, pero había una neblina que no me dejaba. Hablé con mi médico, me cambió la marca de las pastillas y la seguí tomando. En el quinto mes no sentí nada. No me refiero físicamente, sino que no sentí nada. Tristeza, ilusión, determinación, emoción… nada. En el sexto mes parecía una llave de agua abierta.

Anemia.

Hierro.

Me recomendaron descansar y una vez recuperada, me sugirieron una nueva marca de pastillas.

Fue entonces cuando comprendí que necesitaba involucrarme activamente conmigo para poder sentirme bien. Leí muchos libros sobre endometriosis y el ciclo menstrual, me certifiqué en Balance Hormonal, escribí más de 4 diarios al año, hablé con otras mujeres y pase mucho tiempo en silencio.

No lo sabía entonces, pero aquella fue una decisión que cambió la forma en que habito en mi propio cuerpo.

Empecé con mi alimentación, menos azúcar para no inflamarme y mucha más verdura para que mi cuerpo pudiera desintoxicarse adecuadamente. Seguí con mi ropa, menos prendas incómodas y más prendas en las que mis órganos pudieran moverse. Luego, sustituí los productos que usaba en mi casa y en mi piel por productos sin químicos. Y cuando creí que ya había hecho todo lo que estaba en mis manos, entendí que necesitaba algo más: habitarme de otra forma.

La forma de hablarme a mí misma, la compasión por mi propia historia, el reconocimiento de mis talentos, el descanso, mi creatividad, y mi comunidad como prioridad fueron fundamentales en mi proceso.

Después, me enfoqué en conocer mi ciclo. Desde el nivel físico -qué significa cada fluido del cuerpo y el color de la sangre- hasta lo energético, es decir, como funciona nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestras emociones en cada una de las fases de nuestro ciclo.

Con el tiempo y mucha paciencia, aprendí a confiar en mi cuerpo, en mi intuición y en mis sentimientos. Mi piel dejó de sentirse como un proyecto interminable que siempre debía mejorar y empezó a sentirse sagrado. Mi intuición empezó a hacerse evidente especialmente en la fase de menstruación y poco a poco aprendí a identificarla en todas las demás fases. Mis sentimientos se volvieron la brújula que me guía sin adueñarse de mí.

Me sorprendí cuando una regla llegó sin dolor. No por casualidad, sino como resultado de elecciones conscientes. Menstruar sin dolor se volvió más frecuente. Sin embargo, también me abracé cuando menstruar me dolió.

El ciclo menstrual es un proceso vivo, es una elección diaria. A veces lo que elegimos nos funciona, otras veces no. A veces nos esforzamos por hacer todo bien y aún así la menstruación nos duele o nos diagnostican una condición que desearíamos no tener.

Enojo,

tristeza,

decepción.

Ser compasivas con nosotras mismas una y otra vez es parte del proceso.

En retrospectiva veo que necesitaba poder Menstruar en Paz.

Me sorprende que todas las mujeres menstruamos por un gran periodo de nuestras vidas y no es común que hablemos de eso. No solo no hablamos de nuestro ciclo menstrual que ocurre todos los días de nuestra vida, sino que no hablamos de la intuición porque la sentimos como absurda por no estar fundamentada. No hablamos de los sentimientos que no nos dejan dormir por considerarlos exagerados. Tampoco hablamos de nuestros talentos por creer que no son suficientes o importantes.

Callamos nuestro poder y nuestra fuerza. Callamos nuestro ciclo menstrual, intentamos sobrevivir y…necesitamos poder Menstruar en Paz.

Menstruar en paz no es solo sangrar. Menstruar en paz es poder hablar del tema sin avergonzarnos.

Es poder menstruar sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Es creer en nuestras experiencias sin ridiculizarnos por no estar avaladas por terceros

Es conocer lo que nos pasa física y energéticamente cada mes.

Es poder decir lo que sentimos sin que nos digan que exageramos.

Es dejar de enseñarnos y darnos espacio para entender el conocimiento que ya albergamos.

Es dejar de bombardearnos con ideas que nos hacen creer que nuestro cuerpo es cualquier cosa menos perfecto.

Es dejar de condicionar nuestro valor a «virtudes» que nos impiden encarnar nuestro poder.

¿Qué sería para ti Menstruar en Paz?

Bienvenida a Diario Azul Turquesa.

Hasta el próximo jueves,

Carla.

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