Hay un momento en que nadie cree en tu sueño. No es un momento, pueden ser años. Si tienes suerte, quizá alguien crea en ti, quizá a alguien le contagies tu entusiasmo, quizá alguien crea en tu capacidad y, moralmente, te apoye. Sin embargo, en un primer momento nadie más tiene tu visión, nadie más entiende tu motivación, nadie más conoce tu talento. Por lo tanto, es difícil que alguien que no seas tú crea en tu sueño con determinación.

Lo que es letal para tu sueño, sin embargo, no es el que los demás no crean en él. Lo que es letal es que tu misma, tu mismo, no creas en él. Creer en tu propio sueño es lo más difícil porque no tenemos pruebas de cuál será el resultado. No sabemos si va a valer la pena y tampoco nos conocemos siendo la versión de nosotras mismos, nosotros mismos que cree en sus sueños. Creer en tu propio talento, especialmente cuando no tienes una trayectoria que lo avale, es difícil. Puedes decir, con palabras, que crees en ti, en tu sueño y en tu talento. Puedes incluso jurarlo, pero no crees realmente en ti, en tu sueño y en tu talento hasta que decides actuar como si creyeras en ellos. Creer significa invertir tu tiempo en ti, en tu sueño y en tu talento. Creer significa que tienes la valentía para andar por un camino que nadie más ha recorrido. Creer significa equivocarte una, dos, y mil veces. Creer significa hartarte, decepcionarte y volver. Siempre volver.
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La sociedad no suele impulsarnos por este camino porque no es «seguro». A los ojos de la mayoría, parece más seguro trabajar en instituciones establecidas con caminos trazados y reglas bien definidas. Quizá lo sea. Pero hay personas a las que sus sueños les gritan, su intuición les ruge, y aunque quieren seguridad, hay algo que quieren más: sentido. Ser testigos de sus talentos. Transformación. Un mundo más justo. Evolución. Tal vez, lo que busquen sea incluso más simple: dormir en paz, levantarse motivados y tararear mientras preparan su café. ¿Te ha pasado?
Hay personas a las que correr tras la seguridad no les alcanza a satisfacer. No porque no la quieran, ojalá todos la tuviéramos. Pero a veces parece que la sociedad actual nos obliga a escoger: adáptate a mis moldes aunque el cuerpo te duela porque se tenga que encoger o corre tu propia suerte. Y algunas personas, irrazonablemente, eligen correr. Correr como un caballo salvaje: libre. Corren, vuelan, se tropiezan, descansan, sueñan… y no van haciendo las cosas por el resultado, sino por la convicción de que son buenas.
Hasta el próximo viernes,
Carla
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